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Enrique Zileri: “El humor demuestra que no tienes miedo, es una forma de defenderse” PDF Imprimir E-mail

Enrique Zileri. Ex director y ahora presidente del directorio de la revista Caretas. Hijo de Doris Gibson y patriarca de una numerosa familia en la que dos de sus hijos, Marco y Drusila, siguieron sus pasos. Hace unos meses luchó contra un tumor a la garganta. Y lo derrotó.

Texto. Óscar Miranda.

La mañana del 4 de junio de 2013, día de su cumpleaños, Enrique Zileri tomó su bicicleta y bajó a comprar algo de fruta. Unas semanas antes un oncólogo le había confirmado que tenía un pequeño tumor en la garganta. Sabía que pronto tendría que someterse a una serie de sesiones de radioterapia para combatirlo. Pero quería demostrarle a su familia –y a sí mismo– que estaba bien y que era fuerte. Así que cogió la bicicleta y comenzó a pedalear por la bajada de Las Casuarinas, como lo había hecho siempre. El regreso sí que fue difícil, pero lo hizo. Agitado, casi con la lengua afuera, pero lo hizo.

Se necesitaron 30 sesiones de radioterapia para destruir aquel diminuto monstruo que amenazaba la salud del ex director y ahora presidente del directorio de la revista Caretas. Zileri, que en su vida padeció destierros, prisiones y clandestinidades, las aguantó con coraje.

Para setiembre, el tumor era historia. El médico le dijo que ahora solo necesitaba recuperarse. Debía seguir una dieta y volver a hacer progresivamente ejercicio. Nada de alcohol ni condimentos ni ajíes por un buen tiempo. “Espero que para fin de año podamos tomarnos un traguito”, le dijo.

Por eso es que el Enrique Zileri que nos recibe esta mañana en su casa no es el vigoroso Zileri de la leyenda. Está flaco; perdió 17 kilos. Camina despacio. Además, esta cansado: anoche interrumpió su reposo para irse a la Casona de San Marcos, donde el centro cultural de esa universidad le concedió el premio La Casona. Le gustó la semblanza que Raúl Vargas hizo de él. Estar con sus hijos y nietas en ese momento tan bonito. Ahora quiere descansar. Recuperar fuerzas. Y volver. Volver al viejo Portal de Botoneros. A seguir ejerciendo el oficio en el que comenzó hace 60 años, de forma autodidacta, y en el que se ha convertido en una de las últimas leyendas.

Estuve viendo su cuenta de Twitter. La primera frase que escribió fue "Lobo estepario ingresa gateando al twiteo". ¿La recuerda?

Sí, sí (sonríe).

Me llamó la atención por varias cosas. Primero, por esa imagen de usted como un lobo –un lobo viejo, sabio, curtido en mil inviernos– que entra gateando a un lugar desconocido. Cauteloso. Intimidado.

Es que yo soy de la generación no cibernética. A pesar de que fui uno de los primeros periodistas del Perú en escribir en una computadora, un “adobe” de RadioShack que trajo Manuel Ulloa hijo. Y me encanta el Internet y tengo mi iPad. Pero reconozco que tengo una dificultad con las redes sociales. Facebook es un misterio, no llego a entender la lógica.

¿Y entiende la de Twitter?

De Twitter dije “esto puede ser”. Y puse ese tuit... y ahí me quedé. Porque me parece que el Twitter está lleno de comentarios bien triviales o agresivos, insultantes, anónimos. La cuestión es tener algún ingenio. Ensayar. Poner frases ingeniosas. Por algún motivo me he ido quedando.

También me resultó curioso que se identificara como un lobo estepario.

(Sonríe). No sé por qué en Facebook mi foto también es de un lobo. Me atrae ese tipo de animal. Libre y fuerte... Y me gustan las caperucitas (risas).

(Risas). En la novela El lobo estepario, el protagonista tiene una especie de lobo dentro que lo empuja a vivir al margen de las convenciones sociales. ¿Se sintió identificado alguna vez con este personaje?

No, no. Yo soy un lobo estepario más mansito (risas).

En todo caso, de niño fue un lobo solitario. Pasó casi toda la infancia y adolescencia en internados en Chile y en los Estados Unidos.

Sí, en Chile estuve muy chico, a los 12 o 13 años. Después, un amigo de la familia, el escritor Barry Conrad, me recomendó a un internado en los Estados Unidos. Yo no quería ir, mis amigos estaban acá. Y la primera semana me escapé. Se dio la alarma, ¿dónde está? Hasta que llamé a una tía que estaba en Nueva York. Cuando el director se enteró le dijo a mi tía: téngalo una semana allá, llévelo al cine, al zoológico, y después póngalo en la estación de tren y que se regrese solo. Fue para darme una lección.

¿Es verdad que solo vio a su padre, el diplomático argentino Manlio Zileri, una vez en la vida?

Sí. Tenía 10 años y él pasó por Lima de camino a Washington, en un barco que llevaba una enorme bandera argentina para que no lo hundieran los alemanes (estábamos en plena Segunda Guerra Mundial). Nos fuimos a almorzar al Maury. Un niño que crece sin padre y lejos de su madre se hace independiente, pero también solitario. Bueno, Doris [Gibson] era de las que cortaban el cordón umbilical muy rápido. No era la 'mamacita' que te da tu sopita, no.

¿Alguna vez le dijo "mamá"?

(Piensa). Creo que ya muy mayor... Es que no era nuestro trato. Trabajábamos juntos.

¿Qué aprendió de ella en el oficio?

Doris era un espíritu. Tenía una especie de ‘rasgodependencia’ arequipeña. De lisura arequipeña, de protesta arequipeña (risas). De repente había una manifestación, venía la Policía y ella se ponía delante de la Policía y nadie pasaba (risas).

La primera crónica que publicó en Caretas, a inicios de los 50, fue sobre los sanfermines de Pamplona. ¿Cómo se animó a meterse a un 'encierro'?

Estaba en Europa y me fui con un amigo a Pamplona y en Pamplona fue una jarana con carpa, en un bosque, totalmente hippies. Entonces, en la mañana, borrachos, fuimos a ver cómo era la cosa. Claro, los que corren cerca de los toros no están borrachos, ellos practican todo el año, pero la mayoría de los que están metidos allí están borrachos (risas).

Después de vagabundear por Europa volvió a Lima, a ser jefe de publicidad de Caretas. Pero el bicho del periodismo ya le había picado.

Desde que empecé a escribir. Entendí la diferencia entre la publicidad y el periodismo. Pero, claro, también hay semejanzas.

¿Cuándo asumió una responsabilidad mayor en Caretas?

Desde que me hice cargo de la publicidad, porque no era fácil. Había que luchar para conseguirla. Y cuando se fue Paco (Francisco Igartua) se hizo más difícil.

¿Qué sintieron cuando él se fue?

Bueno, yo tuve una especie de riña epistolar pública con Paco. Cuando se estaba yendo, trató de vender sus acciones, ignorando que primero tenía que ofrecerlas a sus socios. Había ese ambiente cargado. Y, claro, luego sacó Oiga, bien organizado.

¿Sintieron el golpe?

Claro que lo sentimos.

¿Los momentos más difíciles de Caretas, en estos 63 años, fueron durante el régimen de Velasco?

Sí. Había momentos en los que no sabías qué iba a pasar. Había un elemento de indignación, de que no había justificación [para las clausuras o deportaciones]. Pero todavía era un poco zarzuela todo porque cuando me mandaron a Argentina desterrado los periodistas me decían: “¿Y cómo hiciste para que te deportaran? ¡Porque acá te matan!”.

¿Es verdad que su madre fue a hablar con Velasco para que lo regresaran de un destierro?

Fue cuando yo estaba prófugo. Doris y Daphne, mi mujer, fueron a hablar con Velasco. En el estilo de Doris, ¿no?, no a quejarse sino a protestar: “"¡Cómo es posible, caramba...!”. Supongo que a Velasco le caería en gracia porque mandó que traigan un pisquito. “¿Y esta pecosa quién es?”, preguntó. Y era mi mujer. Y, bueno, al final resultó todo en una conversación en la que quedaron que dentro de poco se levantaba la detención y la clausura.

¿Cómo vivía su esposa y sus hijos estas persecuciones?

Bueno, ellos vivían acá rodeados de policías. Los chicos a veces jugaban a sabotear a los policías. A veces les metían papas en el tubo de escape (risas). Se dice que a Velasco lo enojaban sus portadas (la de "Mamita, Artola" o la de "¡Pardiez, la Policía!").

¿Esas portadas definieron el estilo de lo que es hoy la portada de Caretas?

Sí, pues. Son de momentos de crisis. En todo caso, Caretas se distingue: cuando hay momentos de mucha presión, reacciona con humor, lo cual demuestra que no tienes miedo. El humor es una forma de defenderse.

Curioso: usted ha sido visto como un director con mucho sentido del humor, pero también muy tirano, que arrojaba televisores por la ventana y tumbaba puertas.

Tú sabes que cuando mi hija Drusila trabajaba en Telemundo, en Miami, fui a visitarla. Era una redacción muy grande y en eso se escuchan unos gritos. Era el editor del programa. “¡Qué putamadre...!”, gritaba y te juro que en un momento agarró una silla y la estrelló en la pared (risas).

Y usted dijo: este me gana a mí.

(Risas). Eso demuestra que los directores somos histéricos. Todos tenemos momentos así.

¿Lanzó en verdad un televisor por la ventana?

No, no. Una vez sí rompí un televisor de una patada.

¿Qué cosas lo sacaban de quicio?

No sé. A veces cosas que ahora desde afuera veo que son absolutamente ridículas. Porque tenías una primicia y la perdiste. Eso era por lo general.

Todas las mañanas, antes de desayunar, Enrique Zileri pasa 20 minutos cumpliendo su rutina de ejercicios. Hace flexiones de brazos y hombros, sentadillas, abdominales y planchas (apoyado sobre un lavadero). Por estos días trata de caminar algo. Curiosea entre sus libros.

Y navega en su iPad con avidez.

Hace tiempo que no va a Caretas. “No los quiero asustar porque estoy tan flaco”, dice sonriendo. Junto con su hijo Marco, director de la revista desde 2007, está evaluando si, una vez compuesto, retomará la labor que venía desempeñando antes de caer enfermo: revisar cada edición y destacar los aciertos y errores. Una suerte de asesor editorial. Aunque dice que también debería tomar más en serio su papel de presidente de directorio de la empresa. “Es que nunca he sido un hombre de negocios”.

Hace poco, Marco Zileri fue el encargado de elaborar el informe para la SIP sobre la libertad de prensa en el Perú. Y tuvo que consensuar las posiciones de los directivos de La República y El Comercio sobre la concentración de medios.

Sí y no fue nada fácil ni grato.

El informe dice que la compra de EPENSA por parte de El Comercio representa un riesgo para la libertad de prensa. ¿Usted qué piensa?

Hace años, Freddom House hizo una encuesta sobre el grado de libertad de prensa en el mundo y había una serie de variables. Las más conocidas, además de si mataban periodistas o cerraban medios, era la diversidad de medios en un mercado. Mientras menos opciones había se reducía la libertad de prensa en el país.

¿Cuáles serán las consecuencias de esta adquisición?

Definitivamente tienes un grupo editorial que es muy consciente de su poder. El Comercio nunca ha sido un ejemplo de buen comportamiento con otros medios. Por ejemplo, si sale una primicia en otro medio, la ignora o no da el crédito. Eso es algo que nosotros le criticamos siempre.

¿Cómo cree que serán las próximas elecciones con el 80% del mercado de diarios controlado por un solo grupo editorial?

Indudablemente si ellos ven a un candidato que no les gusta, no le van a dar ninguna oportunidad. Ahora, como ha habido esta confrontación con La República, podrían disimular.

En el mundo los medios están tratando de adaptarse al desafío de la migración de lectores a la plataforma digital. ¿Cuál es el plan de Caretas?

Estamos iniciando un plan para enriquecer nuestra participación en las redes sociales con la idea de que reboten [las notas]. Ahora, tú sabes que Caretas fue el primer medio peruano en entrar en Internet.

Es verdad. Sin embargo, muchos piensan que se quedaron un poco estancados, anticuados.

Sí, claro, tenemos que cambiar la página. Son inversiones que estamos tanteando, con una estrategia inteligente que no canibalice la edición impresa sino que la ayude. Todavía nos cuesta llegar.

¿Llegará el día en que la revista sea solo digital?

Ojalá que no. Ojalá que no.

¿Cómo lee las noticias?

A mí me llegan los periódicos y los reviso acá, pero también veo mucho en el iPad. Tengo un problema con la vista y el iPad tiene la ventaja de que aumenta la tipografía. Es extraordinario en verdad. Das la vuelta al mundo, por temas, saltas de una cosa a otra, es una maravilla.

Entró a las redes sociales "gateando", tímidamente...

Al acecho. Mejor que gateando debí poner al acecho (risas).

Decía que no ha terminado de agarrarle la onda.

Sí, sí. Hay gente que vive para Facebook y lo utiliza de una forma... múltiple, a veces irresponsable, exhibicionista. Entra simplemente para decir quién es. “Yo soy”. “Antes no podía decir quién era, ahora tengo Facebook y yo soy, yo estoy aquí”. Es un mundo completamente diferente. Yo lo trato de seguir y me enredo en páginas que nunca terminan.

¿Ha colgado cosas?

No, está en blanco.

¿Cuándo lo creó?

Cuando vino un muchacho de la Universidad de Lima a ver la parte digital de la revista. Este chico se hace un montón de tuits a la semana. Y ese es un problema de los periodistas de la redacción. Les dicen ¿por qué no participan con más tuits? Un tuit que promocione tu nota. Muy pocos, ah.

¿Sigue siendo amante de las aves?

Sí, pero ¿sabes? No las veo. Tengo una degeneración macular, entonces no hay cómo.

Alguna vez dijo que le hubiera gustado ser un halcón...

Porque tiene una gran vista. Ve un ratón desde dos kilómetros de altura. Me encantaría. Velocidad, buena pinta y unos ojos fabulosos (risas).

Hace dos semanas se cumplieron dos años desde la partida de su mujer, Daphne. ¿Cómo la recordaron?

Hicimos un reunión especial acá. La Daphne es esta casa y sus hijos tienen una vinculación realmente muy especial con ella. Daphne fue la que hizo la familia. Yo era un loco periodista que andaba todo el tiempo ocupado, pero estaba ella muy ordenada, llena de cariño por sus hijos.

¿Qué es lo que más extraña de ella?

Ella es un pedazo de mi vida. Con ella se fue un pedazo mío. Toda mi historia, un montón de cosas. Estuvimos casados más de 50 años, que no es normal en nuestra generación ni en nuestra actividad y vida.

¿Ya se ha acostumbrado a su ausencia?

Inevitablemente. Pero hay momentos en que, claro, la necesito.

Esa imagen de lobo solitario tiene más sentido ahora que ella no está.

Sí, sí. Es verdad. La República: Domingo, 10 de noviembre de 2013

BATALLA. Hace unos meses, a Zileri le detectaron un tumor en la garganta. Luego de someterse a 30 sesiones de radioterapia, lo venció. Ahora recupera fuerzas y se alista para volver al periodismo.