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28 de Julio 1821 PDF Imprimir E-mail

Por  HÉCTOR LÓPEZ MARTÍNEz. UNO de los testimonios más importantes sobre los días trascendentales en que el general José de San Martín se aprestaba a reclamar la independencia del Perú es el ha dejado el marino Basilio Hall. Natural de Edimburgo, sirvió desde muy joven en la armada de S.M.B (1). Elmirador.pe
Con los españoles huyendo a la sierra, Lima quedó desguarnecida la víspera de la llegada del Libertador.
Miedo en la víspera
Por HÉCTOR LÓPEZ MARTÍNEZ

Uno de los testimonios más importantes sobre los días trascendentales en que el general José de San Martín se aprestaba a reclamar la independencia del Perú es el que  ha dejado el marino Basilio Hall. Natural de Edimburgo, sirvió desde muy joven en la armada de S.M.B (1).
Días Inciertos
Fracasadas las conferencias de Miraflores y Punchauca, la suerte del virreinato del Perú debía definirse por las armas. San Martín había bloqueado la ciudad de Lima y Lord Cochrane mantenía el control del mar. El virrey La Sena, obligado por las circunstancias adversas, tenía plena conciencia que sus días en la capital estaban contados. Era preciso evacuarla antes que los independientes le cortaran la retirada ¿ hacía la sierra.


Fracasadas las conferencias de Miraflores y Punchauca, la suerte del virreinato del Perú debía definirse por las armas. San Martín había bloqueado la ciudad de Lima y Lord Cochrane mantenía el control del mar. El virrey La Sena, obligado por las circunstancias adversas, tenía plena conciencia que sus días en la capital estaban contados. Era preciso evacuarla antes que los independientes le cortaran la retirada ¿ hacía la sierra.

Durante el mes de Junio de 1821, el Lima, se había desarrollado una sorda lucha entre el Cabildo y el Virrey. El Cabildo, elegido en diciembre de 1820, era constitucional. La Serna, por otro lado, detentaba el poder como resultado del golpe militar de Aznapuquio que depuso al Virrey Joaquín de la Pezuela. La corporación edilicia era presidida por don Isidro Cortázar y Abarca, conde de San Isidro, noble de última hora pero con gran ascendiente sobre la población capitalina. Los munícipes-en su casi totalidad- eran favorables a la independencia y ponían mil dificultades al Virrey que los presionaba para que impusieran nuevos cupos de dinero, alimentos y negros esclavos, para el abastecimiento del ejército realista.

Hasta el momento del desembarco de San Martín en Paracas, la ciudad de Lima había sido una isla de paz en medio de las convulsiones revolucionarias de todo el continente. Las guerras del Alto Perú no habían afectado mayormente a los limeños, “que continuaban su acostumbrada manera de lujo espléndido, en quietud y seguridad negligente, hasta que vino el enemigo y llamó a las puertas de plata de la Ciudad de los Reyes”.

Pero el asedio trajo infinitas privaciones y dificultades. Los alimentos escaseaban en forma alarmante y verdaderas muchedumbres se agolpaban en las puertas de las panaderías y otras tiendas de víveres. No faltaban especuladores que centuplicaban ganancias a costa de las penurias de los más. Con el hambre vino la peste. La fiebre amarilla o “vómito prieto” afectó al ejército sitiador y también a los sitiados. En Lima los hospitales estaban repletos. Casi 20 soldados realistas morían diariamente.

El Virreinato agoniza

Para el 5 de julio de 1821, la situación de los realistas se tornó desesperada. No quedaba más remedio que evacuar la capital. Lima, símbolo de un imperio ultramarino trisecular caería en manos de los insurgentes acaudillados por San Martín. El día 6, muy de madrugada, los realistas tomaron el camino de la sierra. La ciudad quedó sin protección de ninguna clase, abandonada a su suerte, mientras el anciano marqués de Montemira, precario Gobernador, veíase imponente para controlar la situación. Dice Hall: “Los timoratos eran presas de los temores más extraños; los audaces y fuertes no sabían de qué modo utilizar su coraje; y los vacilantes estaban en el estado más lastimoso”. El mismo 6 de Julio el pánico hizo presa de los limeños. Multitudes, procurando poner a cobro sus objetos valiosos, fugaban buscando la protección de los castillos del Real Felipe, en el Callao. Para este fin utilizaban todo suerte de vehículos, caballos, mulas y las sudorosas espaldas de los esclavos de color. Todo era griterío, confusión, angustia. Mujeres desesperadas, por el cúmulo de noticias alarmantes, corrían a refugiarse en los conventos. Sobre las 7 pm Lima parecía una cuidad desierta. Una finísima garua comenzó a caer haciendo aún más patético el silencio de la antaño bulliciosa urbe. Por todas partes se veían puertas trancadas, ventanas cerradas. Absolutamente nadie se atrevía a poner un pie en la calle, pues se decía que los esclavos pensaban aprovechar la ausencia de las tropas para levantarse y masacrar a los blancos.

La voluntad de los pueblos
Fracasadas las conferencias de Miraflores y Punchauca, la suerte del virreinato del Perú debía definirse por las armas. San Martín había bloqueado la ciudad de Lima y Lord Cochrane mantenía el control del mar. El virrey La Sena, obligado por las circunstancias adversas, tenía plena conciencia que sus días en la capital estaban contados. Era preciso evacuarla antes que los independientes le cortaran la retirada ¿ hacía la sierra.

El día 14, San Martín solicitó que se convocase a un Cabido Abierto para que la población expresara sus sentimientos respecto a la Emancipación. Este cabildo se realizó el 15 y a él acudieron representantes de todos los sectores sociales. Estaban el Obispo Las Heras, los títulos de Castilla, clérigos, profesionales, artesanos, etc. Ese fue el momento en que muchos dieron el paso definitivo y se declararon partidarios de la patria. Pronunciáronse enfervorizados discursos y, al final, Manuel Pérez de Tudela y José de Arríz redactaron un acta en la cual constaba la voluntad de Lima. “por la independencia de España u otra nación extranjera”. Luego de ser leída entre grandes aclamaciones se procedió a firmarla y permaneció en el Cabildo recibiendo nuevas adhesiones durante varios días. El acta fue publicada en el primer número de “La Gaceta del Gobierno de Lima Independiente”, que vio la luz el 15 de julio. A partir de ese momento San Martín se hizo cargo de la ciudad, prohibiendo severamente que se injuriase a los españoles y facultándolos para que continuaran en sus actividades corrientes. Así mismo ordenó que los tribunales administraran justicia conforme a las leyes pre existente, no contrario al nuevo régimen. Estas providencias calmaron los temores, pues los realistas habían procurado infundir en las gentes la creencia que los patriotas nada respetarían.

El día 21, cuando San Martín corroboró que las mayorías estaban por el rompimiento con España, hizo publicar un bando anunciando que el sábado 28 se proclamaría la Independencia del Perú, “con toda la solemnidad que exigía un acto, el más augusto y solemne para una nación”. Creemos que en este trámite radica toda la grandeza humana del Libertador, quien aun para dar la independencia solicitó y respetó la soberanía popular.

(1) Hall, Basilio…”El General San Martín en el Perú (extractos del diario escrito en las costas de Chile, Perú y Méjico en los años 1820, 1821 y 1822)…Traducción y prólogo de Carlos A. Aldao, Buenos Aires, Talleres Gráficos Schenone Hnops. 1920