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El Circo por Fuera PDF Imprimir E-mail

Cuando, de muy chico leí “El vuelo de los cóndores”, Abraham Valdelomar me pareció un niño de pecho porque, para ese entonces, yo ya había tenido varios romances imaginarios y decepciones reales y tangibles con niñas trapecistas, malabaristas y contorsionistas, y hasta con la hija del domador de leones, por la cual yo estaba decidido a transformarme en cachorro de tigre de Bengala, o de elefante de Sumatra, si eso hubiera sido posible para acercarme a su turbadora figura

Recordando a la farándula de la reina Fantasía.

Por Eneas Marrull.

Cuando, de muy chico leí “El vuelo de los cóndores”, Abraham Valdelomar me pareció un niño de pecho porque, para ese entonces, yo ya había tenido varios romances imaginarios y decepciones reales y tangibles con niñas trapecistas, malabaristas y contorsionistas, y hasta con la hija del domador de leones, por la cual yo estaba decidido a transformarme en cachorro de tigre de Bengala, o de elefante de Sumatra, si eso hubiera sido posible para acercarme a su turbadora figura.  (Ver guía de circos con precio más abajo)

Veía entrar y salir a esas chicas fantásticas, aureoladas por el halo provocador de la farándula, como debió haberlas visto el poeta José María Eguren en los mejores momentos de su fecunda inspiración. Las veía desde fuera del circo, lógicamente, porque jamás hubiera podido juntar dinero suficiente para comprarme un boleto. Eso estaba tan lejano que nunca pretendí transponer la entrada de la carpa fascinante. Salvo cuando integré una frustrada incursión de zampones del barrio, pero fuimos descubiertos porque me distraje mirando una niña y nos echaron virtualmente a patada limpia. Pero la razón principal por la que –a diferencia de la mayoría de los niños– no extrañaba entrar a ver una prosaica función era romántica y heroica. Pretendía fugarme de mi casa con el circo. Recorrería el mundo montado en el lomo de imponentes elefantes, domaría tigres y leones, jugaría con los monos, y terminaría casándome con la primera niña trapecista que lograra hacer el triple salto mortal sin red.

Veía entrar y salir a esas chicas fantásticas, aureoladas por el halo provocador de la farándula, como debió haberlas visto el poeta José María Eguren en los mejores momentos de su fecunda inspiración. Las veía desde fuera del circo, lógicamente, porque jamás hubiera podido juntar dinero suficiente para comprarme un boleto. Eso estaba tan lejano que nunca pretendí transponer la entrada de la carpa fascinante. Salvo cuando integré una frustrada incursión de zampones del barrio, pero fuimos descubiertos porque me distraje mirando una niña y nos echaron virtualmente a patada limpia.

Parado tras la alambrada, oliendo el delicioso aserrín y viendo el desfile interminable de héroes mitológicos y animales extraordinarios, sentí la mirada de una de esas niñas elegidas por el destino para hacer hervir la imaginación de niños enfebrecidos como yo. Me tocó, como la melodía de un tema que parece venir de otra dimensión, hiriéndome con ese efluvio de tragedia incierta que siempre han tenido los cómicos de la lengua, desde los tiempos de Shakespeare.

Y eso fue todo. Una mirada bajo la neblina limeña, proveniente de una niña rubia con trenzas, enfundada en un abrigo de piel más grande que ella, posiblemente húngara o gitana sin patria, como en el fondo son todos los niños que nunca pudieron entrar a un circo, ni comer un helado de chocolate.

Años después entré a los circos para hacer reportajes, vi las butacas en las cuales no me senté nunca, el maní que nunca comí en las funciones que no especté, y escuché la música que nunca oí bajo la carpa. Alterné con empresarios endurecidos, con domadores que no conocen el valor del valor a fuerza de tanto usarlo, con malabaristas de anatomías portentosas y con sus pequeñas y graciosas hijas, pero no hallé en ninguna de ellas la niña que me tocó para siempre.

Al salir vi niños tras la alambrada, como los vio Marcel Proust, mirando la pecera, y advertí sobre todo a uno, de mirada soñadora y melancólica, pero no quise verlo de cerca, porque temí verme en el espejo inescrutable del tiempo. Fuente: Revista Caretas

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